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EVANGELIZANDO A CUATRO MIL METROS

 

Ayaviri es una Prelatura que está al sur del Perú.
Se trata de una ciudad de unos 16,000 habitantes a 3,925 metros sobre el nivel del mar.
Estamos en la época más fría del año. Unos 20 grados a medio día y 11 bajo cero en la noche. Más de treinta grados de diferencia en veinticuatro horas hace difícil la agricultura.
De noche he gozado un cielo oscuro en el que se apiñan las estrellas queriendo que yo las vea a todas, como diciendo: “aunque no nos veas en Lima, estamos aquí, donde nos puso el Creador”.

 

La tierra tiene un color marrón oscuro, como los adobes de la mayor parte de las casas que hacen monótono el paisaje. Pero me dicen que en tiempo de lluvias todo se pone de apetitoso verdor.
Pensé que no habría vida, pero, al amanecer, el sol nace con fuerza y cientos de ovejas y vacas salen a pastar y a beber porque toda la pampa tiene pequeñas corrientes de agua que mantienen amplias zonas semiverdes.
Y si hay vacas, hay leche, y queso, y mantequilla, todo muy rico, como he comprobado.
Ayaviri para la Iglesia es una “prelatura” porque aunque tiene una preciosa catedral, tiene pocos sacerdotes para atender a los fieles. Necesita ayuda.
Cerca de Puno, y todas a un altura próxima a los 4,000 metros, hay tres prelaturas.
Juli, junto al lago Titicaca y de la que les hablé el año anterior.
Sicuani, a una hora de carro de aquí, hacia el norte.
Ayaviri, en medio de las otras dos y a una hora de Juliaca. Aquí estoy estos días dando “una semana” de formación pastoral a los sacerdotes.
Me invitó Mons. Kay Martín y de verdad que me he sentido feliz entre estos buenos sacerdotes.
Esto es un Perú muy distinto. Se habla el quechua, aunque la mayoría entiende el castellano.
Las carreteras asfaltadas son pocas y las distancias grandes.
Casi todo es trocha y por ahí van las camionetas botando el humo negro que produce el petróleo en la altura.
Una vez más he constatado que en el Perú hay zonas difíciles en las que sacrifican su vida sacerdotes y religiosas; verdaderos héroes del Evangelio, metidos en la selva y por las punas.
Aunque en algunos lugares haya un poco más de contacto con la “civilización”, hay muchas privaciones, frío y calor extremo, humedad, comunicación sólo por río.
Aquí se constata que la Iglesia (tantas veces ignorada o calumniada) es la que más hace por nuestros compatriotas, acompañándolos, no sólo en lo espiritual, sino también en las cosas más necesarias para la vida diaria.
Alguno dirá, ¿qué tipo de sacerdote hace falta el Ayaviri?
¿Qué les he dicho estos días?
El sacerdocio siempre es el de Cristo y en Ayaviri, lo mismo que en todas partes, el pueblo de Dios (como pide el número 199 de Aparecida) necesita:
- Presbíteros – discípulos, que tengan una amplia experiencia de Dios, configurados con el corazón del Buen Pastor, dóciles al Espíritu Santo, nutridos de la Palabra de Dios, la Eucaristía y la oración.
- Presbíteros – misioneros, movidos por la caridad pastoral.
- Presbíteros – servidores de la vida, atentos a las necesidades de los más pobres, comprometidos en la defensa de los derechos de los más débiles y promotores de la cultura de la solidaridad.
- Presbíteros – llenos de misericordia, dispuestos a administrar el sacramento de la reconciliación.
Añade el documento (201):
 “La primera exigencia es que el párroco sea un auténtico discípulo de Jesucristo, porque sólo un sacerdote enamorado del Señor puede renovar una parroquia”.
En todas partes hay pecadores y todos necesitan el mensaje de salvación. El mismo. El de un Dios misericordioso que se hizo holocausto por nosotros para que quedáramos libres.
Yo me limité a darles algunas pautas para transmitir hoy el mensaje de salvación.
Así nos ayudamos a continuar este servicio de evangelización que ha confiado a su Iglesia:
“Conocer a Jesús es el mejor regalo que puede recibir cualquier persona. Haberlo encontrado nosotros es lo mejor que nos ha ocurrido en la vida. Y darlo a conocer con nuestra palabra  obras es nuestro gozo”.

 
José Ignacio Alemany Grau, Obispo
 
 
 

 
 
 
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