ALFONSO, SABIO Y BUENO
Aunque muchos no conocen a san Alfonso María de Ligorio, no deja de ser verdad que ha sido “el gigante del siglo de las luces” que con su larga vida llenó el siglo XVIII al servicio de la Iglesia.
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Inteligencia especial
Universitario a los 12 años. Doctor en derecho civil y eclesiástico a los 16 años. Escribió 111 libros, muchos sencillos para el pueblo de Dios y algunos voluminosos e importantísimos para orientar a los sacerdotes y moralistas. Así es el caso de “La teología moral”.
De gran talento y gran corazón supo además desarrollar las cualidades de poeta, músico, pintor y arquitecto… para el servicio de la evangelización.
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Radical y exigente consigo mismo.
Hizo grandes penitencias y sacrificios, abandonó todas las comodidades de la corte a la que pertenecía su familia. Dejando las carrozas se paseaba a pie o en asno, el compañero de los pobres y, finalmente, se fue por los campos buscando a los más abandonados, los cabreros del sur de Italia.
Su inquietud apostólica le hizo trabajar de todas las formas: catequesis de niños, capillas del atardecer, misiones populares, novenas…
Siempre con espíritu apostólico y lejos de todo lucimiento.
En más de una ocasión hizo bajar del púlpito a uno de sus redentoristas, porque en lugar de predicar a Jesucristo se predicaba a sí mismo con sus florituras.
Ternura
Pero si Alfonso era exigente consigo mismo, era dulce y cariñoso con todos y muy especialmente con los pecadores.
Frente a moralistas y confesores que alejaban de los sacramentos a los fieles, Alfonso decía: “el confesor tiene que curar todas las llagas del pecador… en una palabra: debe ser rico en amor y suave como la miel; así es el Evangelio”.
Aunque algunos han tachado a Alfonso de una moral rigurosa, hay que juzgarlo con los criterios de aquel tiempo y no con los nuestros.
La verdad es que frente al rigorismo de entonces, Alfonso opuso el mensaje liberador del Evangelio: “Dios es plenamente misericordioso y quiere que todos se salven. Para nuestro Redentor no hay casos perdidos. La misericordia de Dios abarca a todos los hombres”.
También decía: “el pecador debe notar que se le ama. Cuanto más profundamente se encuentre hundido en el pecado, tanto más debemos acogerle con delicada benevolencia. Así se consigue más fácilmente sacarlo del pecado y colocarlo en los brazos de Cristo”.
Su doctrina moral le valió a san Alfonso el título de patrono de confesores y moralistas, dado por Pío XII en 1950.
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Gran director de espíritus, atraía a la gente para llevarla a Jesucristo por medio de las tres grandes devociones de su vida:
A Jesús niño con el fervor de sus “pesebres”, novenas, oraciones y villancicos.
No hay que olvidar que el villancico más famoso (hoy también en Italia) “Desciendes de la altura”, lo compuso san Alfonso.
A Jesús crucificado con su vía crucis, meditaciones sobre la pasión e imágenes de Cristo crucificado de cuyas llagas salían flechas, que él llamaba dardos, que buscaban herir los corazones.
A Jesús Eucaristía, con su libro mimado de las “Visitas al Santísimo Sacramento” que sigue siendo también hoy uno de los libros espirituales más editados en distintos idiomas.
El voto de no perder un minuto de tiempo y el celo apostólico hizo fecunda sobre manera la vida de san Alfonso, por cuyos escritos y la seguridad de su doctrina, el año de 1871 se le dio el título de Doctor de la Iglesia.
La congregación que él fundo (redentorista) está actualmente extendida por los 5 continentes, siendo alrededor de cinco mil el número de sus miembros.
Como un recuerdo especial de san Alfonso termino con esta frase del libro “La práctica del amor a Jesucristo” que recoge la esencia de su espiritualidad:
“Toda la santidad y perfección del alma consiste en amar a Jesucristo nuestro Dios, nuestro Sumo Bien y nuestro Salvador”.
José Ignacio Alemany Grau, Obispo
Reflexiones anteriores:
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