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UN PAPA A MI GUSTO

Parece que Dios, en su bondad para con su Iglesia, ha querido darle papas extraordinarios en los últimos años:

Pío XII era el hombre de la espiritualidad. Su rostro y su vida sacrificada maravillaban. Era el hombre de Dios y de los tiempos duros de la humanidad en guerra.

Era extrafino y elegante, al mismo tiempo. Y lo más importante para el pueblo de Dios, era tenido por un santo.

Llegó Juan XXIII.
Casi nadie lo conocía, aunque su carrera diplomática  había sido extraordinaria en todos los aspectos. Era gordito y bajo de estatura. Tanto era así que, como todavía llevaban al Papa en hombros, en lo que se llamaba la "silla gestatoria", dicen que al día siguiente mandó doblar el sueldo a los que llevaban la tal silla gestatoria...porque él pesaba el doble que Pío XII.

Pues al morir, con sólo cinco años de pontificado,  Juan XXIII, recibido con tanta prevención por algunos, se metió el mundo en sus grandes bolsillos (los agrandó el amor)  y convocó gentes de las más distintas religiones y razas.

Pablo VI, el santo y sufrido Papa, que padeció tanto rechazo porque quiso ser fiel al Dios que lo llamó después del Concilio que tantos malinterpretaron.

Juan Pablo I quedó en la historia, como una sonrisa colgada del aire. La sonrisa se convirtió en dolor y desconcierto, ya que murió a los  33 días de pontificado.
Viene de Polonia el primer papa no italiano después de tantos años.

Juan Pablo II muy pronto apodado "El Grande".
Quisieron eliminarlo intuyendo lo que podía pasar y de hecho sucedió:
Destruyó poco a poco los cimientos de los poderosos comunistas que parecían eternos... Más de 25 años arrastrando multitudes y evangelizando el mundo en todas las líneas imaginables. La vida de oración que respaldaba cuanto hacía, dio éxito a su labor, llegando a ser gran santo y apóstol de los tiempos modernos.

Benedicto XVI, en sencillez y humildad, nos ha comenzado a enseñar.
La luz con que ilumina a la Iglesia en estos tiempos difíciles, es una prueba más de que Dios sigue cuidándola con amor de Padre y Esposo. El Espíritu la conduce.

Ante esta maravilla de hombres grandes y santos, colocados por la providencia al frente de la Iglesia, cada uno piensa como quiere y no faltan los que se remontan al pasado de algunos papas que fueron débiles y hasta pecadores.

Pero, sin duda, estos últimos casos no hacen más que recordarnos que los papas, como los obispos y sacerdotes (y ¿por qué no? también  los laicos, puesto que todos estamos llamados a la santidad....), estamos tomados de entre los hombres para las cosas de Dios, aunque carguemos nuestra pobreza y limitación.

La única conclusión es que debemos ser humildes y que  debemos rezar los unos por los otros. Como gente de fe, no hemos de perder los criterios del Evangelio. Los papas no son gobernantes a lo humano (Aunque a veces pudieron serlo, como hemos dicho antes).

En la fe reconocemos que el Papa hace las veces del Señor en la tierra. Jesús confió la Iglesia a Pedro y sus sucesores. Los comparó con la roca que siempre es cimiento vivo y fuerte ante cualquier oleaje.Pero (y esto es lo más importante): Jesucristo es el dueño.  Advierte claramente: "MI IGLESIA".

Celebramos a Jesús representado, mejor o peor, pero siempre con esfuerzo y buena voluntad, por quienes llamamos "papas" (padres en la fe).
Al decir, que si queremos un papa a nuestro gusto, debemos reflexionar qué es lo que deseamos.

Pienso que la fe debe imponerse y que tenemos que pedir a Dios los Pontífices que hacen falta para realizar la obra de Dios. Debemos aceptar al Papa que sea, nos guste, o no, humanamente.
Si sólo pensamos con criterios humanos, ¿Qué mérito tenemos? ¿Buscamos a Dios y su obra?

Hoy y siempre recemos con fe por el Papa.
Este año pedimos por Benedicto XVII, con la Iglesia "Que el Señor lo conserve y lo fortalezca y no lo deje caer en manos de sus enemigos".
El Papa que yo quiero es el que disponga Dios, mediante los medios humanos que están en sus manos.

 

José Ignacio Alemany Grau, Obispo


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