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LAS HUELLAS DE MI PASO

No ha amanecido y el avión despega.
Piura – Lima.
Vamos sobre un colchón de nubes. Las nubes del fondo están agrietadas por un sol de oro.
Sobre nosotros también hay un toldo blanco de nubes.
Pensé que así sería todo el viaje, cuando el avión, agujereando el techo de algodón, nos sacó a un paisaje de azul, celeste, sol dorado y alfombra de nubes.

Ahora sí, éste será el viaje hasta Lima, pensé. Sin embargo, unos minutos después, empiezan a verse los cerros oscuros y las nubes recortadas a sus pies.

A lo lejos, espejos luminosos que son las pequeñas lagunas y alguna serpiente que refleja el sol. Son los pequeños ríos que bajan de la cordillera. Delante la cordillera negra, detrás la blanca. Cerros, muchos cerros.

Da pena ver que la cordillera blanca no luce la nieve de otros años. Por desgracia, los hombres se han empeñado en destruir su propia casa, el mundo, hogar que Dios les ha regalado. Los cerros parecen murallas imposibles. Pero, de cuando en cuando, hay profundas grietas erosionadas por las aguas. Parece que éstas besan los pies del cerro pero en realidad lo van desgastando.

Es que la nieve, inofensiva y blanca, se va derritiendo. Las aguas se abrazan en los ríos y dejan huellas de siglos. En el fondo, lo que uno siente es envidia: los terribles Andes están agujereados por el agua mansa. La huella del agua es eficaz. Yo en cambio paso, sentado cómodamente en el avión y no queda nada, ni de mí, ni del avión.

Esto me hace pensar cómo el hombre, tan ansioso de dejar huella, es menos eficaz que el agua simple que resbala Andes abajo, hacia el mar. A pesar de todo hay en mí un sentimiento consciente que me exige dejar algo. Y resulta que el agua inconsciente deja huella… ¿y yo? ¿Quedará huella de mi paso?
Algo queda en el corazón de los amigos y para humillar más mis ansias de permanecer, puede quedar el sacrificio más grande de una vida entregada.
Pero de todas formas, qué poco queda del paso del hombre común sobre la tierra.

El Evangelio dice que Jesús “pasó haciendo el bien”. Él sí dejó huellas: la salvación de toda la humanidad. ¿Puede haber algo más grande?

Creo que la manera más convincente de dejar huella en el mundo, es meterse en la obra de Jesús y permanecer en su Cuerpo místico que vive en la tierra y, al mismo tiempo, va penetrando la eternidad feliz.

De las nubes blancas y de tanta apariencia no queda nada. El viento se las llevó.

En cambio el viento invisible y el agua ligera desmoronan los cerros. Estos son precisamente los elementos que Jesús emplea en dos comparaciones cuando habla del Espíritu Santo: - “El viento sopla donde quiere y no sabes ni de dónde viene ni adónde va. Así es todo nacido del Espíritu”.

Por otro lado está el agua. La torrentera del Espíritu Santo que salta hasta la eternidad. Las conclusiones son importantes: Nuestro orgullo no conduce a nada. Lo que el hombre construye, incluso las grandes murallas, al final nadie sabe quién lo hizo. O quizá quede en la vanidad de un nombre.

Pero, el Dios de la creación ha querido que quede la huella de Dios en nosotros y eso sí que es importante. Con la fuerza del Espíritu que recibimos en el bautismo y el agua que desciende sobre nosotros en el mismo sacramento, podemos hacer maravillas…

Todas las maravillas que hace el Cuerpo de Cristo son mías y sé que este Cuerpo del cual Cristo es Cabeza y todos nosotros miembros, será lo único que quede cuando el Padre Dios complete el Reino definitivo en el cielo.

 

José Ignacio Alemany Grau, Obispo


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