TU ERES EL CUERPO DE CRISTO
Es impresionante imaginar la escena del primer jueves santo.
Jesús lavó los pies (como si fuera un esclavo) a los apóstoles.
Luego, a la luz de las lámparas temblorosas de la fiesta, añadió un rito a la gran cena pascual. Entre hierbas y cordero y pan ácimo; entre cantos y el famoso hallel y, después de recordar la historia de la liberación de Egipto, Jesús toma uno de los panes ácimos, lo parte y lo entrega.
Al decir “lo entrega” es donde aparece el rito que es misterio y es regalo y es promesa que se perpetuará como nueva alianza: Jesús se entrega por nosotros como alimento definitivo.
No es fácil imaginar ni el tono de voz de Jesús ni los ojos grandes y manos temblorosas de los apóstoles; más aún cuando le oyeron decir:
“Tomad y comed todos de él. Esto es mi cuerpo”.
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Lucas, que dice que cuidó tanto los detalles de cuanto escribió, añade en seguida: “Hagan esto en memoria mía”.
Después del silencio y palabras entrecortadas, Jesús tomó la cuarta copa de vino del ritual y en lugar de beberla la entregó diciendo:
“Ésta es mi sangre. Sangre de la nueva y eterna alianza”.
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Cuando al día siguiente se rompió el velo del templo, al expirar Jesús en el calvario, desapareció claramente con este hecho la antigua alianza y, comenzó una nueva y definitiva.
Lo que sucedió en la historia en aquel momento, como enseñan los Santos Padres, hoy lo vivimos y repetimos en los sacramentos.
La Eucaristía es el gran sacramento. Según la fe en ella recibimos al Jesús glorioso como Dios y hombre verdadero, que viene hasta nosotros con toda la fuerza redentora.
No deja de ser muy extraño que haya tantas personas que participan en el sacramento de la Santa Misa llegando tarde, (a veces incluso un poco antes de la consagración), y creen que han cumplido… ¿Habrán cumplido o no?… no lo sabemos.
Pero sí sabemos que tienen muy poco amor y que no han descubierto el doble regalo de Jesús, el pan de la Palabra y el pan de la Eucaristía; los dos grandes manjares del banquete divino.
A este Jesús que entra en las especies Eucarísticas después de la consagración, es al que el Papa pasea por las calles de Roma y nosotros acompañamos por nuestras calles y plazas.
De ahí ha brotado la gran inquietud, renovada en los últimos tiempos, de tener capillas especiales para adorar a este Dios bueno, que se ha hecho hombre y alimento para salvarnos.
Permíteme, ahora, que te haga una pregunta para sacar más fruto de este grandioso sacramento:
¿Cuántas veces has pensado que cuando Jesús dice: “Esto es mi cuerpo”, ha pensado también en ti?, con tu nombre concreto, el que recibiste en el bautismo. Fíjate bien. Y esto es de fe: Jesús dice sobre el pan “esto es mi cuerpo”. Y así es. Y así creemos.
Pero resulta que la Iglesia, con la enseñanza especial de San Pablo, sabe muy bien que cada uno de nosotros somos el cuerpo de Cristo:
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Él es la cabeza y nosotros los miembros.
Por consiguiente, sobre ti también el Señor, de una u otra forma, repite: “Éste, ésta es mi cuerpo”.
Te parecerá maravilloso y lo es, pero escucha también las palabras que siguen: “Tomad y comed todos de él...”
Ahí aprendemos, precisamente, lo que es fundamental en el cristianismo.
El que ama a Dios; el que llegue a identificarse con Cristo, debe dejarse comer por los demás.
Así es el mandamiento completo. Está mandado que quien ame a Dios, ame también al prójimo.
Entonces resultará que tú te has hecho eucaristía con Cristo y los hombres podrán contar contigo como cuentan con Jesús.
José Ignacio Alemany Grau, Obispo
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