Y TÚ, ¿DE QUÉ CONVERSAS?
La liturgia de este domingo nos lleva, una vez más, a Emaús con su capítulo 24 que es uno de los más bellos de San Lucas.
Seguro que en tu imaginación, como en la mía, Emaús es un pueblecito simpático, a once kilómetros de Jerusalén. Allí vive gente muy hospitalaria.
De Emaús se han ocupado la pintura, la música, la literatura. Todo lo que suena a Emaús suena a campanas de aleluya y esperanza.
¿Y qué es lo que sucedió en el camino de Emaús?
Jesús había dicho que donde dos o más estén reunidos en su nombre, estaría Él en medio de ellos.
Y al atardecer de la Pascua lo cumplió de una manera muy especial.
Dos amigos suyos iban conversando.
Hablaban de Jesús. Desilusionados, posiblemente, casi sin nada de esperanza. Pero hablaban de Él y esto era lo más importante. Jesús les ayudó a conversar.
Se metió por las Escrituras y, desde Moisés, siguiendo de profeta en profeta, les explicó todo lo que se refería al Mesías, tan esperado por Israel.
No sé qué tendrán las cosas de Dios pero cuando hablamos de Él y de su Palabra, el tiempo se pasa tan aprisa que las horas y lo pesado del camino no se sienten.
¿Alguna vez has hecho la prueba?
Yo conozco mucha gente que habla de Dios. He oído, sobre todo, a personas que se han convertido y han cambiado gustos y conversaciones.
Sólo les llena plenamente el hablar de Dios.
También he visto a otras personas que hablan y hablan y hablan y se devoran la fama del prójimo o tratan los temas más frívolos que se puedan imaginar.
Éstos tampoco se sacian nunca.
A ellos les queda una sensación de frío, de vacío y hasta de pecado.
En cambio, a los dos de Emaús, les llenó tanto la conversación que quisieron continuarla de noche. Sentados a la mesa, sentían que su corazón ardía cada vez más de felicidad mientras hablaba el desconocido, quien finalmente desapareció al partir el pan.
Pienso que una de las cosas más importantes que debe hacer una persona, que quiere respetarse y sobre todo crecer en la vida del Espíritu, es examinar sus conversaciones.
¿Me permites que te pregunte de qué hablas más frecuentemente?
¿Con quién hablas con más frecuencia?
¿Qué sensación te deja el conversar largamente con otras personas?
Y finalmente otra pregunta más indiscreta. Yo sé que tú crees en Dios, porque si no, no me estarías leyendo.
¿Cuánto tiempo hablas con Dios al cabo del día?
Te aconsejo que leas, con relativa frecuencia, la carta de Santiago. Es una carta muy práctica y muy actual. Te ofrezco un parrafito de ella:
"Si alguno no cae en falta al hablar, ése es varón perfecto, capaz de controlarse a sí mismo... Toda clase de fieras... siguen siendo domadas por el hombre; sin embargo, nadie es capaz de domar la lengua humana, que no cesa de hacer el mal y está cargada de veneno mortal. Con ella bendecimos al Señor y Padre, y con ella maldecimos a los hombres, hechos a semejanza de Dios".
¿Te parece que cuando hablas sale de tu boca agua dulce o amarga?
Hay mucha gente que no conoce a Dios y San Pablo pregunta: ¿cómo creerán en Dios si no hay quien les hable de Él?"
Recuerda que desde el día de tu bautismo eres santo y misionero, según Juan Pablo II.
Habla de muchas cosas pero sobre todo habla del Señor.
Bendito sea Dios que nos permite glorificarle cada día y aliviar también los sufrimientos de nuestros hermanos visitándolos y conversando con ellos.
José Ignacio Alemany Grau, Obispo
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