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SI DUERME, SE SALVARÁ

Jesús tenía tres grandes amigos: Lázaro, Marta y María.
Jesús iba a su casa de Betania a descansar. Está claro que, al mismo tiempo que descansaba, les enseñaba las verdades del Reino. ¡Y por cierto que salieron buenos alumnos!
El caso es que, un día, el bueno de Lázaro se enfermó. La cosa era seria y cuando las dos hermanas se dieron cuenta de que Jesús tardaba en venir, le enviaron un mensaje que es, ciertamente, una de las oraciones más simples y bellas que encontramos en el Evangelio.
No piden nada. Simplemente confían a Jesús: “Señor, tu amigo está enfermo”.
Jesús no hizo gran caso al pedido; más bien dejó pasar el tiempo  y unos días después dijo a los apóstoles: “Vamos otra vez a Judea”.
Ellos se inquietaron ya que habían salido de allí porque amenazaban de muerte a Jesús. Pero entendieron menos todavía de qué se trataba, cuando Jesús les dijo: “Nuestro amigo Lázaro está dormido y voy a despertarlo”.
(Me encanta que Jesús no diga “mi amigo”, sino “nuestro amigo” ya que da a entender que compartía todo con sus apóstoles).
La respuesta, posiblemente más movida por el miedo que por otra cosa, fue ésta: “Señor, si duerme se salvará”.
Entonces Jesús, explica: “Lázaro ya se ha muerto. Pero me alegro porque esto servirá para aumentar la fe de ustedes”.
El encuentro con las hermanas de Lázaro es impresionante.
La primera que sale es Marta. La dueña de casa, y en una dolorosa queja y al mismo tiempo un acto de fe, le dice a Jesús:
“Señor, si hubieras estado aquí, no hubiera muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que Dios te concederá todo lo que le pidas”.
El resto del diálogo es una maravillosa lección de fe en la resurrección.
Marta afirma que cree en la resurrección del último día, pero Jesús le explica que su poder no se refiere sólo a la resurrección final, sino que en cualquier momento puede resucitar a quien quiera.
Y Marta hace el gran acto de fe: “Sí, Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo”.
En torno al sagrario, en muchas iglesias y capillas del mundo, leemos:
“El Maestro está aquí y te llama”.
Son, precisamente, las palabras que Marta dijo a su hermana para que viniera al encuentro con Jesús.
Al llegar María, dice la misma frase de fe que había dicho su hermana: “Señor, si hubieras estado aquí no hubiera muerto mi hermano”.
La escena que sigue ha sido siempre muy meditada y comentada.
“Jesús lloró”.
Hasta sus enemigos se dieron cuenta del cariño de Jesús a esta familia y tuvieron que comentar cómo lo quería.
Lo que viene después es el milagro más grande de la vida de Jesús.
Este capítulo tan humano de San Juan nos presenta: el cariño de una familia querida por el Maestro; su enternecimiento hasta las lágrimas, y su oración (incluso hasta la actitud que adoptó para hacerla):
“Levantando los ojos al cielo, dijo: Padre, te doy gracias porque me has escuchado. Yo sé que siempre me escuchas”.
Cuando hay verdadera fe, se puede agradecer antes de recibir el don. Algo muy importante para nuestra boca de “pedigüeños”.
Jesús invita a Lázaro a salir del sepulcro por sí mismo y el muerto de cuatro días vuelve a la vida y sale del sepulcro.
“Desátenlo y déjenle andar”.
Nosotros no podemos resucitar muertos pero sí podemos desatar a muchas personas amarradas por los vicios y dejarles caminar por sí mismos, siguiendo a Jesús, camino, verdad y vida.

José Ignacio Alemany Grau, Obispo

 

 


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