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LA SALVARON A PATADAS

Si ves la fotografía de dos lindísimas bebés gemelas inglesas, cuando tenían un año de edad, te das cuenta que tienen un rostro sonriente y saludable, aunque no tienen cabello.

¿Qué les pasó?

La mamá de 35 años está gozosa cuando repite:

“Le debo mi vida a mis niñas y nunca hubiera podido estar de acuerdo con el aborto. Sabía que una operación me hubiera podido curar el cáncer, pero eso hubiera significado deshacerme de mis bebés y nunca hubiera podido hacerlo”.

Los dos esposos, aseguran que fue un momento muy difícil cuando tuvieron que decidir no abortar,  ya que se trataba de escoger entre la vida de la madre y la vida de las niñas. ¿Qué historia es ésta?

La leíamos hace unos días en Aciprensa.

Esta señora tenía un tumor maligno alojado en el útero. Ella no lo sabía, cuando un día advirtió que tenía un sangrado especial y acudió al médico, pensando que había sufrido un aborto espontáneo.

En realidad no fue eso sino que las niñas, a patadas, destruyeron parte del tumor y de ese tumor procedía la sangre.

Alicia nos lo cuenta así:

“No podía creer lo que me decían los médicos. Las bebés sacaron el tumor. Las sentía patear, pero no me daba cuenta de lo importante que eso sería. Nacieron sin cabello, dada la quimioterapia, pero pese a ello estaban saludables. Escucharlas llorar fue el mejor sonido del mundo”.

Ya ves que maravillosa es la naturaleza y cómo las bebitas, inconscientemente, prendieron la luz roja con la que se descubrió el tumor de su madre. La ciencia buscó los medios para mantener las tres vidas.

Cuando leí esto pensé que si las niñas salvaron a su mamá a patadas, Dios no nos salva de esta misma manera.

Jesucristo sacrificó su vida por nosotros. Murió para que tuviéramos vida pero no nos obliga a aceptarla. Esa es la maravilla de Dios. Nos salvamos si queremos. Nuestra libertad es un gran don que el mismo Dios respeta.
Allí está la sangre de Cristo como un signo de salvación, pero serás tú, libremente, el que quiera lavarse en ella para purificarse.

Recuerda lo que dijo el Señor: “El que me ama guardará los mandamientos”.

Sabemos que guardándolos con amor, nos salvamos; pero entra entonces nuestra libertad y nadie nos puede forzar.

¡Cuántos problemas tienen las mamás para conseguir que sus hijos sigan yendo a Misa cuando  cumplieron 12 ó 13 años!

¡Cuántas discusiones hay en la familia, cuando uno de los hijos emprende un camino equivocado de relaciones prematrimoniales!
Si bien es cierto que debemos hacer todo lo posible para ayudarles, también lo es que debemos respetar su libertad.

Lo mismo sucede a nivel de nuestra fe.

El Papa Juan Pablo II nos dijo: “Quien ha encontrado verdaderamente a Cristo no debe tenerlo sólo para sí, debe anunciarlo. Es necesario un nuevo impulso apostólico que sea vivido como compromiso cotidiano de las comunidades y de los grupos cristianos”.

Sin embargo, el mismo Papa añade inmediatamente:

“Esto debe hacerse respetando debidamente el camino siempre distinto de cada persona y atendiendo a las diversas culturas a las que ha de llegar el mensaje cristiano…”

Debe haber un equilibrio, por consiguiente entre las convicciones y vida personal de fe, la certeza y el amor al mensaje que Cristo nos ha dejado y el gran deseo que todos lleguen al conocimiento de la verdad y puedan salvarse.

La vida testimonial que llevemos será la clave para conseguir el crecimiento del Reino de Dios entre los hombres.

No podemos, pues, salvar a nadie a patadas, pero sí debemos invitar a todos desde el amor y desde el esplendor de la Verdad.

José Ignacio Alemany Grau, Obispo


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