LA SONRISA DE DIOS
En este momento se me vienen a la memoria la multitud de mamás que, de una u otra forma, he visto inclinarse sobre la cuna del niño y sonreírle mientras dice unas palabras ininteligibles y que de hecho no significan nada.
Bueno, eso de nada… la mamá sí sabe lo que significan y los familiares, después de oírlas tantas veces, también las entienden. Pero lo entiende sobre todo el niño que sin saber hablar responde riéndose a la mamá.
¿Qué le diría María a Jesús mirándolo a los ojos, cuando le cantaba su amor de Madre?
Sonrisas y palabras indecibles que brotan del amor más limpio.
De esta manera he entendido yo siempre las palabras que contenían la bendición de los sacerdotes al pueblo de Dios:
“Que el Señor ilumine su rostro sobre ti”.
Y es que el rostro de Dios (algo así como el de la mamá) se ilumina y sonríe para hablarnos de amor.
Sí, las palabras de Dios todas son de amor, porque siempre que nos comunica a su Verbo lo hace con el amor de su mismo Espíritu Santo y el Señor se inclina amoroso sobre nuestra vida. Él sale al paso de cada una de nuestras situaciones y angustias, sonriente y amoroso, como el papá que se acerca al hijo en problemas.
Hay personas para quienes Dios tiene una mirada lejana o dura o incluso piensan que Dios no mira; es indiferente al clamor de sus criaturas.
Yo sé que no es así. Y todos los gritos de los salmistas nos lo demuestran, ya que ellos manifiestan verdaderamente el hambre de Dios que les hace gritar en nombre de toda la humanidad:
¡Oh Dios, haznos regresar del destierro. Para ello basta que brille tu rostro y nos salvaremos!
Pienso que cuando Israel anhelaba de esta manera que el rostro de Dios lo acogiera, se refería al Dios glorioso que siempre acompañaba a su pueblo, aunque a veces parecía que estaba oculto entre las diferentes situaciones.
Allá, en el corazón, recordaban todos, como dijo Dios a Moisés junto a la zarza: “Bien vista tengo la aflicción de mi pueblo” y a partir de entonces comenzó la gran liberación, la salida de Egipto.Ansiaban con el corazón de los hombres y mujeres de todos los tiempos:
“Busco tu rostro. Sí, tu rostro busco, no me escondas tu rostro”.
“Como jadea la cierva que busca entre los matorrales el agua fresquita del río, así cada corazón siente la sed de Dios, del Dios vivo”.
Es fácil entender que los salmos son una búsqueda del rostro de Dios.
Escuchemos uno más:
“Dios mío, yo te busco, mi alma tiene sed de ti; mi carne tiene ansia de ti, como tierra reseca, agostada, sin agua”.
Creo que cuando uno ha intuido la verdad de Dios no puede vivir sin ansiar contemplar su rostro. Esto es precisamente lo que gritará la novia del Apocalipsis, segura de que en el rostro de Cristo contemplará el rostro del Padre: “Ven, Señor Jesús”.
Si ahora nos trasladamos al templo veremos al viejo Simeón descubrir el rostro del Niño que lleva María en sus brazos y gritar: ¡Es Él. Ya puedo morir en paz!
Cuando este Niño crezca le oiremos decir en el cenáculo: “Felipe, quien me ve a mí ve al Padre”.
Resulta que todo el amor es un cruce de miradas cargadas de ternura:
Simeón, yo, tú, sonreímos al ver el rostro de Jesús cuya sonrisa es la sonrisa del Padre que nos acoge y salva.
Por eso la aplicación se impone y es el lema que hemos vivido en nuestro retiro anual de Evangelización Siempre, completando las palabras del Papa Benedicto:
“Discípulo, tu mirada es la mirada de Cristo, como la mirada de Cristo es la mirada del Dios que ama”.
José Ignacio Alemany Grau, Obispo
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