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NO RECEN A GRITOS

“Al rezar no se conviertan en charlatanes como los paganos que se imaginan que serán escuchados por su mucha palabrería. No hagan como ellos, porque el Padre de ustedes conoce las necesidades que tienen aún antes de que le pidan”.

Con estas palabras Jesús, en el sermón de la montaña nos explica cómo tiene que ser nuestra oración muy sencilla. Precisamente después de esa introducción es cuando enseña la oración del padrenuestro, invitándonos a todos a confiar siempre en el Señor.

Y es que: “Cuando ya nadie me escucha, Dios me escucha. Cuando ya no puedo hablar con ninguno, ni invocar a nadie, siempre puedo hablar con Dios.

Si ya no hay nadie que pueda ayudarme, Él puede ayudarme.

Si me veo relegado a la extrema soledad… el que reza nunca está totalmente solo”.

San Agustín, nos enseña que para darnos un corazón cada vez más grande en el que quepan Dios y los hombres, es preciso que se ensanche y limpie nuestro interior.

Dios hace esto mediante el ejercicio de la “oración del deseo”. El hombre ha sido creado para una gran realidad, para Dios mismo, para ser colmado por Él. Pero su corazón es demasiado pequeño para la gran realidad que se le entrega. El corazón tiene que ser ensanchado para recibir a Dios. Es entonces cuando nos encontramos con la gran lección de San Agustín:

“Dios retardando su don (que es Él mismo) ensancha el deseo, con el deseo ensancha el alma y al ensanchar el alma la hace capaz del mismo Dios”.

San Agustín hace una bella comparación con estas palabras: “imagínate que Dios quiere llenarte de miel (que es el símbolo de la ternura y misericordia de Dios); si estás lleno de vinagre, ¿dónde pondrás la miel?”.
El vaso, o sea el corazón, tiene que ser ensanchado y luego purificado: es decir, tiene que ser liberado del pecado y del sabor a vinagre.

Esto requiere un esfuerzo que sin duda, es doloroso, pero si lo hacemos, conseguimos la capacidad necesaria, no sólo para que entre Dios en nosotros, sino para que entren también todos los hombres en nuestro corazón ya que nadie puede amar a Dios y no amar al prójimo.

Por eso que la oración nunca puede ser egocéntrica. Siempre tiene que centrarse en el Dios que nos ilumina y habla, a través de su Palabra y en los demás.

Este tiempo de cuaresma, está encerrado entre dos grandes episodios de la vida de Jesús. Dos episodios que son oración.

En efecto, la cuaresma comienza con la oración del desierto (cuarenta días y cuarenta noches de sacrificio y unión con el Padre Dios que terminan con las tentaciones del diablo) y concluye con la agonía de Getsemaní (la otra gran tentación que Jesús vence aceptando la voluntad del Padre).

Jesús como hombre estaba en la plenitud de la vida y quería seguir viviendo.

Pero puso su voluntad humana al unísono con la voluntad del Padre diciendo: “que se haga tu voluntad y no la mía”.

Esta actitud de la aceptación de la voluntad del Padre, Jesús la lleva a plenitud con las últimas palabras que dice en el calvario: “Padre, en tus manos, encomiendo mi espíritu”.

No olvidemos, finalmente, que para que la oración produzca esta fuerza purificadora debe ser, por una parte, muy personal, una confrontación de mi yo con Dios, con el Dios vivo.  Pero, por otra parte, ha de estar guiada e iluminada por las grandes oraciones de la Iglesia y de los santos, por la oración litúrgica, en la cual el Señor nos enseña constantemente a rezar correctamente.

Que para nosotros sea éste un tiempo muy especial de oración, y recordemos, una vez más, que  con la oración, el ayuno y la limosna podremos crecer en santidad durante la cuaresma.

Estas ideas, como las de la semana pasada, han sido tomadas de las enseñanzas del Papa Benedicto XVI en los últimos días.

 

José Ignacio Alemany Grau, Obispo


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